Todos los días, a última hora de la mañana, salía en julio de su despacho en Mérida, tomaba el coche para hacer una parada en el domicilio de Cáceres, y después de la comida continuaba para su casa de verdad, la de Hervás, donde buscaba por la tarde el frescor de los bosques de robles y castaños y le esperaba su mujer.